Son hombres, hombres de arena en una ciudad de viento.
Y aquí, solo los suicidas salen a la
calle cuando el aire hincha pulmones y aviva el soplo.
Y tras sordos estallidos
irregulares, manchas granulosas cubren calles y glorietas al paso de la
ventisca que todo lo arrasa.
Y ropas y zapatos y sombreros yacen
inútiles junto a las ínfimas dunas de arena, huérfanos de dueño, exánimes en
este discontinuo desierto de difuntos.
Y a la mañana siguiente, cuando la
urbe retoma la calma chicha de la primavera, un ejército de barrenderos aparta
con celeridad de la visión ciudadana los cuerpos pulverizados e irreconocibles
de los que se dejaron llevar por el viento.
Y cada día es un temido retorno a la
engañosa consistencia de la arena, a la posibilidad de la atomización
inesperada, el regreso al grano mínimo, sin vida.
Miguel
Ángel Zapata.
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