Abra la boca, dice el dentista. Eso es. Un poco más. Esto le va a
molestar un poco pero procure no moverse. Así, muy bien. Rrrrr. El torno
gira y gira sobre el diente hasta que un delgado hilo distrae al
dentista, que se desvía un milímetro de su objetivo. Y un milímetro en
una boca es la distancia que separa el diente de la lengua. Ariadna da
un salto y dice palabrotas e insultos. Lo siento, dice el doctor, pero
he visto la punta de un hilo blanco que sale desde su garganta. Este
hombre está loco, piensa la chica. No piense que estoy loco, dice el
dentista, comprúebelo usted misma. Las manos del doctor tiran y tiran y
la chica puede ver y sentir cómo la punta del hilo sale al exterior. Es
blanco y no demasiado grueso. Le hace cosquillas en el fondo de la
garganta. El dentista sigue tirando y los dos parecen asustados. La
chica va sintiendo el habitual abandono de fuerzas que se produce como
reacción a las situaciones inesperadas. Más hilo, cada vez más hilo que
el dentista va depositando a sus pies. Cuando el hilo se acaba el
dentista acerca el oído a la boca y siente un escalofrío. Se escucha el
mugido de la bestia que se acerca lentamente, dispuesta a salir del
encierro.
F. Fuertes Guzmán.
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