Mi mamá me tomó del brazo y me sacó a la calle por la puerta de servicio de
la prefectura.
Fuimos caminando hacia el malecón Eguiguren. Eran los últimos días de 1946
o los primeros de 1947, pues ya habíamos dado los exámenes en el Salesiano, yo
había terminado el quinto de primaria y ya estaba allí el verano de Piura, de
luz blanca y asfixiante calor.
—Tú ya lo sabes, por supuesto —dijo mi mamá, sin que lo temblara la voz—.
¿No es cierto?
—¿Qué cosa?
—Que tu papá no estaba muerto. ¿No es cierto?
—Por supuesto. Por supuesto.
Pero no lo sabía, ni remotamente lo sospechaba, y fue como si el mundo se
me paralizara de sorpresa. ¿Mi papá, vivo? ¿Y dónde había estado todo el tiempo
en que yo lo creí muerto? Era una larga historia que hasta ese día —el más importante
de todos los que había vivido hasta entonces y, acaso, de los que viviría
después— me había sido cuidadosamente ocultada por mi madre, mis abuelos, la
tía abuela Elvira —la Mamaé— y mis tíos y tías, esa vasta familia con la que
pasé mi infancia, en Cochabamba, primero, y, desde que nombraron prefecto de
esta ciudad al abuelo Pedro, aquí, en Piura. Una historia de folletín,
truculenta y vulgar, que —lo fui descubriendo después, a medida que la
reconstruía con datos de aquí y allá y añadidos imaginarios donde resultaba
imposible llenar los blancos— había avergonzado a mi familia materna (mi
única familia, en verdad) y destruido la vida de mi madre cuando era todavía
poco más que una adolescente.
Una historia que había comenzado once años atrás, a más de dos mil
kilómetros de este malecón Eguiguren, escenario de la gran revelación. Mi madre
tenía diecinueve años. Había ido a Tacna acompañando a mi abuelita Carmen —que
era tacneña— desde Arequipa, donde vivía la familia, para asistir al matrimonio
de algún pariente, aquel 10 de marzo de 1934, cuando, en lo que debía ser un
precario y recientísimo aeropuerto de esa pequeña ciudad de provincia, alguien
le presentó al encargado de la estación de radio de Panagra, versión primigenia
de la Panamerican: Ernesto J. Vargas. Él tenía veintinueve años y era muy buen
mozo. Mi madre quedó prendada de él desde ese instante y para siempre. Y él
debió enamorarse también, pues, cuando, luego de unas semanas de vacaciones
tacneñas, ella volvió a Arequipa, le escribió varias cartas e, incluso, hizo un
viaje a despedirse de ella al trasladarlo la Panagra al Ecuador. En esa
brevísima visita a Arequipa se hicieron formalmente novios. El noviazgo fue
epistolar; no volvieron a verse hasta un año después, cuando mi padre —al que la
Panagra acababa de mutar de nuevo, ahora a Lima— reapareció por Arequipa para
la boda. Se casaron el 4 de junio de 1935, en la casa donde vivían los abuelos,
en el bulevar Parra, adornada primorosamente para la ocasión, y en la foto que
sobrevivió (me la mostrarían muchos años después), se ve a Dorita posando con
su vestido blanco de larga cola y tules traslúcidos, con una expresión nada
radiante, más bien grave, y en sus grandes ojos oscuros una sombra inquisitiva
sobre lo que le depararía el porvenir.
Lo que le
deparó fue un desastre. Después de la boda, viajaron a Lima de inmediato, donde
mi padre era radio-operador de la Panagra. Vivían en una casita de la calle
Alfonso Ugarte, en Miraflores. Desde el primer momento, él sacó a traslucir lo
que la familia Llosa llamaría, eufemísticamente, «el mal carácter de Ernesto».
Dorita fue sometida a un régimen carcelario, prohibida de frecuentar amigos y,
sobre todo, parientes, obligada a permanecer siempre en la casa. Las únicas
salidas las hacía acompañada de mi padre y consistían en ir a algún cinema o a
visitar al cuñado mayor, César, y a su esposa Orieli, que vivían también en
Miraflores. Las escenas de celos se sucedían por cualquier pretexto y a veces
sin pretexto y podían degenerar en violencias.
M. Vargas Llosa.
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