Imaginaos un bosque. ¿Ya? Imaginaos una mujer desnuda que corre despavorida
por él. Deteneos un momento a la altura de su rodilla izquierda. ¿Veis el leve
rasguño que tiene y que va dejando un reguero de sangre sobre las hojas caídas?
Enfocad una de ellas. Tocadla con un dedo y comprobad si todavía está húmeda.
Imaginad ahora que sois un lobo (o una loba) y que lleváis varios días sin
comer. Seguid el rastro de la mujer, alcanzadla, tumbadla y devoradle los ojos.
Solo los ojos. Dejad que se levante -como el viento del sur- y que se vaya.
¿Veis como corre más que antes y no tropieza con los árboles y hasta parece más
feliz? Dejad de imaginar el bosque y arrancaos también vosotros los ojos. Os
crecerán raíces en las manos y todo cuanto toquéis se quedará desnudo para
siempre.
Jesús
Aguado.
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