17/9/15

Mientras la luz


1 comentario:

  1. No sé si te acordarás de cómo te brillaban los ojos. Casi más que la silueta de aquel astro cegándonos -cuando en realidad debería habernos guiado- en mitad de esa noche cerrada. Yo recuerdo a diario cómo te brillaban los ojos. Nada más despertarme y subir la persiana, me vienen a la cabeza iris, córnea y pupilas, burbujeantes como luciérnagas saltarinas.

    Todo el mundo miraba al cielo. Debí de perderme el mayor espectáculo de la historia lumínica de la humanidad aquella noche en la playa. Estoy curado de espanto. Suele ocurrirme. Lo de perderme cosas, quiero decir. Me casé dos veces antes de saltar como un pipiolo alocado en un concierto de los Rolling y las dos veces tocaron en el Bernabéu, cuando yo trabajaba en la oficina del barrio de Colombia. A cinco minutos en metro. Y fíjate que me gustan los Rolling, me superan, tengo montañas de vinilos y discos suyos apilados en mi estantería roída por el tiempo, con algunas minucias al lado: rancheras, corridos… Esas cosas. Discos viejos del tío abuelo que acabaron en una caja y, después, en mi casa. Lo verdaderamente importante no es eso. El caso es que me encantan los Rolling y no fui a esos conciertos cuando pude hacerlo, porque coincidieron con nuestras primeras semanas de vida conyugal. A Marta, mi segunda mujer, también le chiflaban los Rolling pero, claro, ¿cómo vas a dejarlo todo por un concierto de los Rolling cuando tienes que montar los muebles, disfrutar de la vida en pareja y empapelar la que será la habitación del niño?

    Te cuento todo esto porque siempre he sentido la acuciante presión del dolor que me produce perderme cosas. Me dolió mucho aquello de los conciertos. Y ahora, sin embargo, me he perdido esa especie de ‘pseudoeclipse’ irrepetible y trascendental que me llevó a ver mi amigo Tano y no albergo la menor sensación de congoja por haberte mirado de arriba a abajo en lugar de haber hecho lo mismo con el cielo. ¿De verdad no te diste cuenta de cómo te brillaban los ojos? Hasta tus propios ojos deberían haberse dado cuenta. No tengo claro si abordarte con este cuento de la mirada radiante me va a servir de algo, aunque tampoco me importa demasiado. Hace ya años que dejé los complejos entre los pelotones de humanos con los que me cruzaba en Gran Vía en las tardes de sábado, en los rótulos de la parada de Atocha donde tanto me agobiaba. Ahora todo sabe diferente, suena diferente, huele diferente.

    Aquí, al lado del mar, nada me hace pensar que llegaré tarde a ninguna parte. Así que puedo esperar. No, ahora no tengo prisa. Lo he aprendido a base de terapias de choque, porque en este pueblito que muchos etiquetarían como de mala muerte nadie te explica cómo funcionan las cosas. Los atardeceres con el horizonte a la vista o los paseos por el puerto ponen a cada uno en sus sitio. Es cuestión de tiempo. De meses en mi caso, pero ya lo he comprendido. Por eso, dentro de unos segundos, cuando cruces la calle y enfiles la acera que lleva al embarcadero, cruzaré yo por el otro lado para encontrarnos de frente y así poder hablarte de lo que brillaban tus ojos aquella noche en la playa.

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