El hombre que cada noche duerme en el portal, hoy lo he sabido, no es más
que un contratado del ayuntamiento. Blindado por una coraza de cartones, y
escoltado en sus correrías por un escobón con el que, supongo, se quita las
legañas, y por un carrito construido con alambres y despojos, resulta que ese
tipo no es más que un maldito contratado por los oscuros funcionarios
municipales. ¿Merecemos los honrados ciudadanos algo así? ¿Por qué nos trata
como a imbéciles el ayuntamiento? ¿Creían que aquí nos chupábamos el dedo? Me
ha costado, pero ahora todo, todo encaja. Puedo parecer estúpido, pero a mí no
me la dan. El ayuntamiento contrata a esos tipos para que sepamos qué es lo que
nos ocurriría de no levantarnos cuando es todavía de noche, de no coger el
metro cada mañana y aguantar durante ocho horas las trágalas del jefe de
taller, de no volver ya oscurecido al lugar donde nos está esperando el hombre
que se blinda con cartones y apesta como una bodega, fiel esbirro, ya digo, del
ayuntamiento. Entonces, sorteamos como podemos al tipejo, esperamos el
ascensor, llegamos derrumbados a casa, besamos a la niña que está haciendo los
deberes en su cuarto, ponemos el despertador a las seis y media y comenzamos a
soñar en el adosado ese de la zona residencial, con vallas electrificadas y
todo, para que no se cuelen los malditos esbirros del ayuntamiento.
Manuel
Moya Escobar.
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